Exceso y carencia: un juego del inconsciente



 ‘Οn the Sacred Rock of the Acropolis’, Athens,1903,
 Fred Boissonnas,


Exceso y carencia: un juego del inconsciente

Μηδὲν ἄγαν (‘nada en exceso’) fue una de las máximas inscritas en el templo de Apolo en Delfos, junto a la célebre advertencia Γνῶθι σεαυτόν (‘conócete a ti mismo’). Ambas frases condensan la esencia del pensamiento clásico: el equilibrio como forma de sabiduría y la introspección como camino hacia él.

Pero más allá de su valor histórico, esta antigua sentencia sigue vigente, especialmente cuando la miramos a la luz de la psicología contemporánea. En este sentido, cobra fuerza la idea del psicoanalista Jacques Lacan: "todo exceso esconde una falta", un aforismo que revela que los comportamientos desmedidos no provienen del exceso en sí, sino de una carencia profunda — inseguridades, vacíos emocionales o heridas no resueltas. Lo que parece desbordar por fuera suele ser un intento —a veces desesperado— de cubrir lo que falta por dentro.

Jacques Lacan distingue entre placer y goce. El placer es equilibrado, por el contrario el goce (jouissance) es un exceso doloroso, que raya lo autodestructivo. Desde la perspectiva de Lacan, el goce es un síntoma, señal de que algo va mal. Cuando alguien repite conductas dañinas (alcoholismo, relaciones tóxicas...), está atrapado en un circuito donde el "exceso" es una forma inconsciente de mantener viva la falta. Así vemos casos en los que el adicto sufre, pero necesita su sufrimiento porque le da una identidad "soy el que resiste" o  el caos de una mujer que siempre elige parejas que la maltratan; no busca amor, sino confirmar una creencia inconsciente, "no merezco ser amada", es decir, el exceso de dolor esconde la falta de autoestima.

Para Lacan, el ser humano está estructurado en torno a una falta constitutiva: el deseo nace de una pérdida original. En este caso se entiende que el exceso es un intento fallido de llenar esa falta. Lo excesivo también puede revelar una pobreza espiritual o moral, una señal de inseguridad social, ya que lo que se muestra en exceso suele faltar en otro ámbito.  También es importante señalar que la naturaleza tiende a corregir los extremos.

Este sistema de compensación psicológica es un mecanismo que viene siendo tratado con otros nombres por otros autores. Freud hablaba de actos fallidos o síntomas, que revelaban un conflicto inconsciente ( ej. olvidar un nombre) o Adler, con los complejos de inferioridad, que llevan a una sobrecompensación, (ej. el niño débil que se vuelve un tirano).

Para Jung, por ejemplo, el inconsciente equilibra los excesos de la consciencia a través de mecanismos compensatorios, esto es, la sombra. La sombra para Jung es la parte reprimida o negada de la psique, lo inaceptable. Por ejemplo, un exceso en la conducta consciente, por ejemplo, un moralismo estricto, suele esconder una sombra cargada de lo contario, impulsividad o deseos ocultos. O una persona que se jacta de ser extremadamente generosa (exceso), podría estar compensando un miedo inconsciente a ser egoísta (falta). Es decir, toda actitud consciente provoca un movimiento contrario inconsciente, el exceso de un polo, esconde una falta en el opuesto: ser demasiado racional, esconde una falta de emocionalidad. 

Además, todo ser humano tiene una "máscara social" que muestra a los demás, que denomina persona. Si esta máscara es demasiado rígida, si está demasiado adaptada al medio, termina por provocar una herida en lo que el autor llama self o yo verdadero, provocando una desconexión con el ser.

Por ejemplo, un ejecutivo exitoso (persona competitiva) que sufre una crisis existencial porque no sabe quién es realmente, fuera de su rol, fuera su trabajo. La persona (máscara social) se ha apoderado del self y entra en crisis para obligarle a salir de ese rol y encontrar su verdadero camino. Jung advierte que los excesos (de poder, grandiosidad, etc.) pueden ser señal de inflación del ego. Cuando alguien se "cree" un salvador (arquetipo del Héroe) o un sabio (arquetipo del Anciano), pierde contacto con su humanidad. 

El exceso de grandiosidad esconde una falta de humildad o autoaceptación.  

La meta junguiana es integrar los opuestos (consciente/inconsciente, luz/sombra) para alcanzar el Self (la totalidad psíquica).  Un exceso es una señal de desequilibrio: Cualquier extremo (hedonismo o ascetismo, por ejemplo) son simples  mensajeros que revelan que una parte de la psique está siendo ignorada. Por ejemplo, una adicción (exceso) podría ser el inconsciente pidiendo atención a una carencia (ej.: falta de propósito espiritual).  

Podríamos concluir que los excesos (de consumo, trabajo, amor, etc.) son la metáfora de lo que el inconsciente quiere verbalizar y no puede pero lo repite mediante cuerpo y la mente, mediante la conducta. La cura no está en eliminar los excesos sino en preguntarse: ¿Qué vacío estoy intentando llenar?, ¿ qué estoy tratando de demostrar? ¿de qué carencia soy esclavo? 

La sociedad del exceso en la que vivimos —marcada por el narcisismo exacerbado, el consumismo compulsivo, el trabajo sin pausa y las adicciones variadas— es, en esencia, un reflejo de una carencia profunda que no sabe cómo nombrar ni enfrentar.

Lo que parece abundancia, desborde y saturación es, en realidad, un intento colectivo de llenar un vacío interior que crece en silencio. Ese vacío puede estar hecho de inseguridad existencial, falta de sentido, desconexión afectiva o una herida profunda que no encuentra otra salida que la hiperestimulación externa.

El exceso es una huida:

  • Huye del miedo a enfrentarse a uno mismo, a la soledad auténtica y al vacío interno.

  • Huye de la falta de propósito real, de autenticidad, de relaciones verdaderas y de la aceptación de la fragilidad humana.

  • Huye del silencio, que obliga a mirar adentro y confrontar lo que duele.

En ese sentido, el narcisismo y la compulsión por acumular cosas, éxitos o estímulos son máscaras que ocultan la fragilidad y el miedo que todos compartimos, pero que la sociedad actual prefiere esconder detrás del ruido constante. 




Apolo y La Danza de las Musas en el Helicon
 Bertel Thorvaldsen


El exceso solo revela la escasez de alma que sufre Europa. 



  © CRISTINA SALGADO

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