¿Por qué ayudamos?




¿Por qué ayudamos?


La empatía juega un factor clave para entender las conductas  de ayuda. La mayoría de los comportamientos prosociales son precedidos por respuestas empáticas. Pero, ¿ qué es la empatía? la empatía es la habilidad innata de ponerse en el lugar de los demás y ser capaz de experimentar sus mismas emociones.

Neuronas espejo

Aunque no hay un área específica en el cerebro en la que situar esta habilidad,  sí se ha demostrado la existencia en la corteza cerebral de un grupo de neuronas con la capacidad de descargar impulsos cuando una persona observa a otra realizar un movimiento o cuando es el propio individuo quien lo hace.

Estas neuronas han sido denominadas neuronas espejo y forman parte de un sistema de percepción/acción, es decir, la observación de movimientos de la mano, el pie o la boca activa las mismas regiones de la corteza motora como si se estuvieran realizando esos movimientos que vemos, a pesar de que esta activación motora no se transforme en movimiento.

La conducta de ayuda se activa con el ejemplo visual.


Temperamento

Además de las neuronas espejo, otro factor importante es el temperamento. 

El temperamento es el tipo de reacción específica ante las situaciones del ambiente que aparece desde las primeras etapas de la vida y tiene un componente genético. Es decir, dependiendo del temperamento con el que nazca el individuo, actuará o no de manera prosocial. Nuestro temperamento viene fijado genéticamente.

Se ha demostrado, especialmente en estudios realizados con niños, que las personas que tienen tendencia a mostrar emociones positivas también están más dispuestas a actuar prosocialmente. Por el contrario, las personas que son propensas a mostrar emociones negativas, como la ansiedad o la tristeza (si no son capaces de controlarlas) son menos proclives a ayudar. 


Reciprocidad

El altruismo y las conductas de ayuda se desarrollan dentro de los grupos como contraparte al egoísmo, es decir, cuando dos grupos compiten entre sí, aquel que tenga más personas dispuestas a sacrificarse por su grupo de manera altruista, o a cooperar entre sí, será capaz de quedar por encima de un grupo en el que predominen las personas egoístas.


Conclusión

Así, el desarrollo de la conducta prosocial depende de tres procesos: maduración socio-cognitiva,  el aprendizaje a través de la interacción con los iguales y la socialización, como por ejemplo, tener una madre que sea empática.

La socialización y el aprendizaje vicario a través del ejemplo enseñan al niño los beneficios del comportamiento prosocial y una vez que lo ha aprendido, actuará sin necesidad de indicaciones. 

Si bien nacemos con una predisposición genética a sentir empatía hacia los demás, no es algo automático, depende de procesos madurativos y experienciales, depende de los ejemplos que tengamos a nuestro alrededor, del ambiente que nos rodea.


© CRISTINA SALGADO

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